400 Millones resumidos en 80 años
- 20 dic 2018
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Todos los años se descubren nuevas especies de plantas y animales. Mientras que algunos de estos hallazgos generan reportajes en la prensa internacional, otros no emocionan más que a los científicos especialistas. En algunos casos, la especie descubierta era desconocida para la ciencia, pero ya era bien conocida por los aborígenes locales, pues llevaban generaciones coexistiendo con ella, e incluso constituía parte importante de su cultura. En esta nota presentamos lo que fue considerado el descubrimiento zoológico más importante del siglo XX, y que hasta la fecha sigue siendo uno de los mayores hallazgos de la historia natural. Un sorprendente relato que, además, es un gran ejemplo de devoción por la ciencia.

Nuestra historia comienza en East London, una pequeña ciudad ubicada al sureste de Sudáfrica, en las costas del Océano Índico. El 22 de diciembre de 1938, hace 80 años, sus habitantes recibían con alegría al verano austral y se preparaban para festejar la Navidad. En el puerto, era un día normal de trabajo. Un barco pesquero llamado Nerine, comandado por el capitán Hendrik Goosen, zarpó desde el puerto hacia el oeste, hasta la desembocadura del río Chalumna. Aunque no frecuentaban ese sitio, los pescadores largaron su red como de costumbre, barriendo el fondo, y al izarla cargaron el barco con 3 toneladas de pescado. Mientras limpiaban su captura, los tripulantes hallaron un ejemplar bastante peculiar, un pez que nunca antes habían visto. Era muy parecido a un mero, pero tenía unas aletas bastante robustas y musculosas. Además, mientras que los otros peces murieron a los pocos minutos de ser sacados del agua, este resistió cuatro horas sobre la cubierta del barco antes de perecer. El capitán Goosen quedó tan asombrado, que de vuelta al puerto, inmediatamente llamó a la naturalista Marjorie Courtenay-Latimer, curadora del museo local, que estudiaba con pasión todo tipo de ejemplares. Cuando llegó al muelle, apenas pudo contener la emoción ante aquel extraño pez de aspecto prehistórico, especialmente por sus aletas lobuladas.
“Aparté las capas de lodo para descubrir al pez más hermoso que jamás había visto. Medía 150 cm de largo, de un pálido azulino con tenues manchas blanquecinas, tenía un brillo iridiscente de color verde-azul-plateado por todas partes. Estaba cubierto de escamas duras, tenía cuatro aletas en forma de extremidades y una extraña cola de perro.”
Aunque sabía poco sobre peces, no se asustó ante el reto y transportó en un taxi a aquel pesado y aceitoso ejemplar hasta el museo. Mientras los demás hacían sus compras navideñas, Marjorie permaneció encerrada en su laboratorio, tratando de identificar al espécimen. Para ello, consultó sus libros de ictiología y las claves taxonómicas que tenía a la mano, no tuvo éxito. Entonces, pensó en un viejo amigo, James Leonard Brierley Smith, ictiólogo y profesor de la Universidad Rhodes de Grahamstown. Ella deseaba conservar al pez en óptimas condiciones para que el Dr. Smith pudiera echarle un vistazo, pero el museo no contaba con el equipo necesario. Pidió permiso en la morgue para mantenerlo ahí, pero no se lo permitieron. Finalmente, al no tener otra alternativa, llevó al pez con un taxidermista. Mientras tanto, envió una carta a Smith, acompañada de un esquema que había realizado del misterioso organismo.
Estimado Dr. Smith,
Ayer me topé con un espécimen tremendamente raro. El capitán del barco pesquero me habló de él, así que inmediatamente fui a verlo, y tan pronto como pude lo trasladé a nuestro taxidermista. En cualquier caso, he realizado un boceto rápido, y espero que usted pueda ayudarme a clasificarlo.
Fue capturado con pesca de arrastre en la costa del Chalumna, a unas 40 brazas.
Está recubierto de gruesas escamas, prácticamente como si se tratara de una armadura; las aletas se asemejan a unas extremidades, y su escamado tiene un borde filamentoso.
La espina dorsal presenta pequeñas espinas blancas en la base de cada filamento (en el dibujo destacadas en rojo).
Le estaría muy agradecida si pudiera darme su opinión al respecto, aunque soy consciente de que le resultará complicado hacerlo a partir de una descripción como esta.
Deseándole una feliz temporada, se despide cordialmente,
Marjorie Courtenay-Latimer

Descripción y dibujo del espécimen por Marjorie Courtenay-Latimer. Fuente: http://www.eastlondon.org.za/
Sin embargo, debido a las festividades que se cruzaban en esas fechas (Nochebuena, Navidad, Año Nuevo), el servicio de correo se lentificó, de modo que la carta no llegó a su destino sino hasta el 3 de enero. Y para empeorar las cosas, Smith estaba de vacaciones. Cuando finalmente leyó la carta de miss Courtenay-Latimer y vio el dibujo, sencillo pero claro, quedó muy impresionado, a la vez que desconcertado. El animal plasmado en esos bosquejos parecía ser ¡un celacanto! Pero había una enorme incoherencia: los celacantos estaban extintos desde el periodo Cretácico, hacía 80 millones de años, o al menos eso se creía. Ansioso, Smith viajó a East London en febrero de 1939, y quedó estupefacto cuando observó el ejemplar montado. No había lugar a dudas, ¡era un auténtico celacanto! Frente a sus ojos estaba aquel pez que hasta entonces sólo se conocía por los registros fósiles. Desafortunadamente, las vísceras y las partes blandas se habían echado a perder y habían sido desechadas. A pesar de ello, pudo describir al ejemplar, clasificarlo y asignarle un nombre científico: Latimeria chalumnae, en honor a su descubridora (Courtenay-Latimer) y al lugar de su hallazgo (río Chalumna). La noticia de este evento no tardó en difundirse, al poco tiempo inundaba los periódicos alrededor del mundo, creando sensación internacional. Ambos científicos recibieron mérito por tan notable revelación.
Fue un hallazgo muy especial, no sólo por el hecho de haber redescubierto a una especie hasta entonces considerada extinta, también por la importancia evolutiva de este grupo. Los celacantos, junto con los dipnoos o peces pulmonados, son los únicos miembros vivientes de la clase Sarcopterygii, la cual incluye peces óseos cuyas aletas, en lugar de salir directamente del cuerpo, están sostenidas por lóbulos musculares escamosos. Estas aletas lobuladas son antecedentes de las extremidades de los tetrápodos (anfibios, reptiles, aves y mamíferos). Hace unos 360 millones de años, muchos sarcopterigios, entre ellos los celacantos, permanecieron en el mar, mientras que un grupo de ellos daría el salto a tierra firme, y con ello sufrirían adaptaciones en su nuevo entorno, dando origen a los primeros vertebrados terrestres. El celacanto, al apenas sufrir cambios desde hace 400 millones de años, es considerado un “fósil viviente”.

Espécimen preservado de Latimeria chalumnae en el Museo de Historia Natural de Vienna, Austria. Capturado en 1974. Fotografía: Alberto Fernandez Fernandez, Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0
Smith ansiaba encontrar otro celacanto para poder estudiarlo a fondo. Así, África oriental terminó repleto de carteles en inglés, francés y portugués, ofreciendo una recompensa de 100 libras por la captura de otro ejemplar. No obstante, en septiembre de 1939 inició un evento que frenaría drásticamente la búsqueda: la Segunda Guerra Mundial, el mayor conflicto bélico de la historia. Durante 6 largos años, no fue posible buscar celacantos, tan ambiciosa búsqueda sólo pudo reanudarse hasta que la guerra terminó en 1945.
El 20 de diciembre de 1952, 14 años después y casi el mismo día del primer hallazgo, un pescador capturó un segundo celacanto con hilo y anzuelo en las islas Comores, ubicadas entre Mozambique y Madagascar, a más de 2000 kilómetros de donde había sido capturado el primero. El profesor Smith fue informado de inmediato, pero no tenía los recursos para trasladarse a las Comores. Así, contactó al primer ministro, doctor Daniel François Malan, le habló de la importancia del hallazgo, y este no dudo ni un momento en poner a su disposición un avión de la Fuerza Aérea de Sudáfrica. Tan pronto como pudo, Smith voló a las Comores, pudo hacerse con el ejemplar en buen estado y estudiarlo detalladamente, dando por terminada aquella exhaustiva búsqueda. Este segundo ejemplar fue bautizado como “Malania” en reconocimiento al primer ministro sudafricano. Madagascar, incluyendo las Comores, estaba entonces bajo administración de Francia, y los científicos franceses se revelaron en la búsqueda, capturando más ejemplares en años posteriores, que fueron añadidos a las colecciones científicas. Aunque desconocido por la civilización occidental, los pescadores de la región marítima de Madagascar lo conocían desde hace cientos, o tal vez miles de años, llamándolo “Kombessa”. Lo pescaban con poca frecuencia por considerarlo pobre en carne, ya que después de muerto desprende mucho aceite. Sin embargo, aprovechaban la piel, usando las escamas como papel de lija.
El celacanto, uno de los fósiles vivientes más estudiados, se conoce hoy en día casi en su totalidad. Su fisiología es tan primitiva como su aspecto. Para empezar, su columna vertebral está formada casi enteramente por un cordón cartilaginoso llamado notocordio. Este surge antes que la columna vertebral, pero en la mayoría de los vertebrados se pierde durante el desarrollo embrionario. Su corazón es mucho más simple que el de otros peces, y sus riñones se encuentran fusionados como uno solo. Otro rasgo interesante es su cráneo: está articulado por la mitad (igual que en los celacantos fósiles) y la cavidad cerebral es grande, pero el cerebro es bastante pequeño, estando alojado en zona posterior del cráneo. Este sistema parece ser una adaptación que proporciona al pez un mayor ángulo de apertura de la boca cuando caza a sus presas. Pero quizás el órgano más controversial es su vejiga natatoria, considerada en términos evolutivos como antecesor de los pulmones. En el celacanto, sin embargo, es flácida y está llena de grasa, además que está recubierta por escamas óseas, definitivamente no serviría como pulmón ni como órgano hidrostático. La piel también guarda secretos: cada una de sus escamas es una lámina ósea cubierta con ásperos dentículos, similares a los de los tiburones.
Sin embargo, hasta 1987 no se sabía prácticamente nada de su hábitat y su ecología. Fue entonces que Hans Fricke, naturalista y fotógrafo de la naturaleza, inició una expedición para buscar al celacanto en su hábitat natural, y en poco tiempo tuvo éxito, logrando filmar a tan enigmático fósil viviente nadando en los fondos rocosos, a unos 200 metros de profundidad, en los mismos sitios donde se registraron las capturas de los pescadores. Ahora sabemos que es un pez de aguas abisales que generalmente se refugia en cuevas durante el día y sale a cazar por la noche.
Hoy, a 80 años de su redescubrimiento, aquel celacanto capturado en vísperas de la Navidad de 1938 aún se exhibe en del museo de East London, y hay una placa en el puerto que conmemora tan asombroso evento. Fue gracias a la curiosidad y reflexión del capitán Goosen, a la diligencia e intuición de miss Courtenay-Latimer y a la perseverancia del profesor Smith, que este tesoro biológico pudo ser introducido en el mundo científico.
En septiembre 1997, casi 59 años después de aquel venturoso hallazgo, este evasivo fósil viviente volvería a darnos una sorpresa. Mark Erdmann, investigador de la Universidad de Berkeley, California, se encontraba de vacaciones en la isla Célebes, Indonesia. Al recorrer un mercado local, pudo identificar a un pez que se encontraba a la venta como un celacanto, muy parecido a los que se habían observado en las Comores, pero tenía una coloración marrón en lugar de azul. En julio del año siguiente pudo observar un ejemplar vivo. En un inicio se pensó que se trataba de una población desconocida de la misma especie descubierta en Comores (Latimeria chalumnae), pero un posterior estudio genético reveló que se trataba en realidad de una segunda especie, a la que se le asignó el nombre Latimeria menadoensis.
Los celacantos han habitado la Tierra desde hace 400 millones de años, sobreviviendo a múltiples extinciones, pero ahora su futuro es incierto. Ambas especies se encuentran seriamente amenazadas de extinción, debido a su captura ilegal, a la contaminación y a la destrucción de su hábitat, que en conjunto con su lento ciclo reproductivo, contribuyen a su vulnerabilidad.
Dados a conocer por la ciencia hace 80 años, estos peces enfrentan el mayor desafío para su supervivencia. Se está luchando para que no desaparezcan ante nuestros propios ojos, y sólo si los esfuerzos de conservación triunfan, estos antiguos animales podrán seguir surcando nuestros mares.
Referencias:
Arita, H. T. (s.f.) El pez que llegó de los Comores. Ciencias 042
Bruton, M. (2017). The Annotated Old Four Legs. Penguin Random House.
Martínez-Rica, J. P. (1974). Enciclopedia de la vida animal. Bruguera
Thomson, K. S. (1992). Living Fossil: The Story of the Coelacanth. W. W. Norton & Company.





















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